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¿Qué tal un manual para sobrevivir la adolescencia de nuestros hijos? Hoy escribe en nuestra web Maribel Elía, madre y coach de inteligencia emocional para jóvenes. Una ciudadana del mundo nacida en Pamplona.

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Cómo lidiar con la adolescencia de nuestros hijos y no morir en el intento

Seguramente habrás escuchado a alguna madre o algún padre de tu entorno decir que están aterrados ante la inminente llegada de la adolescencia de sus hijos.

El vértigo que puede producirnos ver cómo nuestros hijos pasan de la niñez a la adolescencia no lo provocan ni el cambio hormonal ni la metamorfosis física y social en la que inevitablemente se verán inmersos. Por el contrario, esta sensación de vértigo viene provocada, la mayoría de las veces, por el tsunami emocional que experimentarán nuestros adolescentes durante estos años hasta llegar a la edad de adultos y en el que irremediablemente los padres nos veremos inmersos.

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Ser padres y como consecuencia, educar, es un desafiante reto que asumimos muchos de nosotros como un gran regalo que se nos concede y que hemos de vivir plenamente. 

Aunque, a medida que nuestros hijos van creciendo, vamos siendo cada vez más conscientes de que educar no es nada evidente. Más que educarles nosotros a ellos, en muchas ocasiones, nuestros hijos son nuestro propio reflejo y actúan como espejos, mostrando nuestras luces, pero también nuestras sombras.  

Y es que cuando educamos estamos irremediablemente educándonos a nosotros mismos.

Educar es una oportunidad maravillosa para crecer como personas y potenciar lo positivo de nosotros mismos.

O no, la elección está en cada uno de nosotros.

Superada la primera etapa de vida de nuestros hijos, sin ningún manual de uso, nos acercamos a otra etapa en su evolución que tendremos que abordar con un básico manual de supervivencia en la gestión de las emociones.

En primer lugar, es importante entender que las necesidades de un adolescente siguen siendo las mismas que en etapas anteriores; ser amados, valorados, sentirse seguros… En resumen, son exactamente las mismas de las personas adultas.

Aunque a estas necesidades también se suman la necesidad de probarse a sí mismos y de probarnos a los padres y educadores. Te recuerdo, por si lo olvidaste, que antes de adulto también fuiste adolescente.

Emociones como la frustración, la rabia, la ira, son oportunidades para que nuestros adolescentes aprendan a escucharse, a mirarse hacia adentro y a entender sus miedos y sus propios asuntos que necesitan ser resueltos.

Nuestra generación debería entender que los patrones de aprendizaje con los que hemos sido criados están obsoletos. Han quedado obsoletas frases como “los hombres no lloran” o “tienes que ser una mujer hecha y derecha”. Ahora toca pensar dos veces antes de educar de la misma forma que nos educaron.

Los tiempos que les toca vivir a las nuevas generaciones también son muy distintos a los que vivimos nosotros.

Nuestros jóvenes crecen “enganchados” en mundos virtuales que desvirtúan la realidad y los padres nos vemos faltos de herramientas para lidiar con este mundo paralelo, en el que es extremadamente fácil proyectarse y perderse si no se tienen sentadas unas buenas bases emocionales, ni existe una disciplina y mesura del uso de la tecnología por parte de los adultos.

Preocupante también es la pérdida de valores que vive la sociedad actual en la que es muy fácil que nuestros jóvenes se pierdan en pensamientos como “estudiar no es más que un trámite para ganar más dinero” y todo ha de ser numérico y cuantificable.

Nosotros mismos hemos comprobado en nuestra madurez que un excelente currículum vitae y varios masters no garantizan la felicidad y que, por el contrario, aquella persona realizada es la que aprende a gestionar su mundo interior y está bien consigo misma, la que está en paz con sus propios demonios, la que logra surfear hasta la mayor de las olas del océano de las emociones.

Cuanto antes aprendan tus hijos a gestionar su mundo interior y el enorme potencial de los pensamientos, mejor será su calidad de vida.

Y cuanto mejor sea la calidad de la relación entre padres e hijos, mayor será la probabilidad de que ese adolescente llegue a ser un adulto feliz. Y aquí, tú como padre o madre, tienes la oportunidad de marcar la diferencia.

El diálogo, la empatía, la escucha activa como herramientas indispensables

No se trata de anular las emociones, se trata de proporcionar herramientas a nuestros hijos y que aprendan a orientar sus pensamientos con decisión y perseverancia, entendiendo las emociones como olas que cada cual elige la que desea surfear.

Cerrar ciclos de enseñanza, vivir un primer amor, superar la crisis del Covid 19, un posible divorcio de sus padres, un cambio de colegio o de país, una muerte de un familiar… todos y cada uno de nuestros hijos tendrán retos que superar en su adolescencia. Cuanto más sólidos sean sus cimientos emocionales, mayor resiliencia, capacidad de superación y probabilidades tendrán de llegar a ser adultos realizados.

Como padres conscientes que valoran educar desde la escucha, desde el acompañamiento y no desde la imposición ni desde el “porque lo digo yo”,  la adolescencia es una oportunidad maravillosa para seguir creciendo nosotros mismos y para sembrar semillas de grandeza en nuestras futuras generaciones. Vivámosla como un reto apasionante, no como una amenaza.

Creo que el mejor legado que podemos dejar a nuestros jóvenes es una generación con autonomía y espíritu crítico que crezcan, como decía Martin Lutter King “en la luz del altruismo creativo y no en la oscuridad del egoísmo destructivo”, con valores humanos que ayuden a contribuir a una sociedad más solidaria, más altruista, menos individualista y que valore el respeto a la naturaleza.

Pero para ello tenemos que cambiar hábitos, tenemos que cambiar creencias propias y, sobre todo, tenemos que inculcar esa mirada hacia el interior, hacia el mundo de las emociones y hacia la coherencia de lo que cada uno de nosotros hemos venido a aportar a los demás.

3 COMENTARIOS

  1. Me siento mayor ya xDD Ni me imagin en unos años cuando me toque lidiar con esto… ¡Miedo me da! Si ya a veces parecen pequeños adolescentes rebeldes 😛

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